I Bertrand Russell “Cartas seleccionadas 1950-1968”
(sobre la educación)
(sobre la educación)
“Creo que el fin
principal de la educación debe consistir en estimular a los jóvenes para que
discutan e impugnen las ideas que se daban por seguras. Lo importante es la
independencia intelectual. El aspecto negativo de la educación reside en la
renuencia a permitir que los estudiantes pongan en tela de juicio las opiniones
consagradas y a las personas que ejercen el poder. Es necesario que surjan
nuevas ideas, que los jóvenes tengan el mayor aliciente posible para disentir
radicalmente de las estupideces de su época. La mayoría de la gente respetable
y la mayoría de las ideas que pasan por ser fundamentales implican barreras
para los logros humanos. Pienso que lo más importante no es aprender muchas
cosas sino sentir apasionadamente que uno tiene el derecho a discrepar y el
deber de elaborar nuevas ideas.
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Sociedad y sujeto actual
II Noam Chomsky y las 10 Estrategias de Manipulación Mediática
El lingüista Noam Chomsky elaboró la lista de las “10 Estrategias de
Manipulación” a través de los medios (‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.1. La estrategia de la distracción El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las elites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética. ”Mantener
5. Dirigirse al público como criaturas de poca edad. La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad.
6. Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión. Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional, y finalmente al sentido critico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos…
7. Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad. Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposibles de alcanzar para las clases inferiores-
8. Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad. Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto…
III Enrique
Rojas, "El hombre Light"
define al hombre
light como un ser sin esencia, que se rige en base a 5 características principales:
• Permisividad
Todo está
permitido. No existen límites. El hombre light no tiene sus valores definidos,
ya que éstos representan fronteras que moderan nuestras acciones. El respeto,
la fidelidad o la honestidad, no son otra cosa más que límites que nos
imponemos a nosotros mismos.
• Relativismo
Para el hombre
light no existe ni bien ni el mal, ya que todo depende del enfoque con que se
percibe la realidad. En otras palabras, el hombre light es un ente amoral. Un
manojo de instintos y deseos sin un sentido. Al no existir una diferenciación
entre lo correcto y lo incorrecto, nos sumergimos en un estado de absoluta
indiferencia.
• Consumismo
Cultura del
exceso. El hombre light es poseído por sus pertenencias. La meta única del hombre
es tener más; sin embargo, al ser permisivo y no tener límites ni un objetivo definido
claramente, su ambición nunca podrá ser satisfecha, lo que terminará por arrastrarlo
a una profunda depresión.
• Materialismo
Vivimos en
un mundo plástico donde todo es desechable y no existe trascendencia. Los ámbitos
espirituales y culturales son ignorados; lo único que tiene un valor, es
aquello que tiene un precio. El dinero es el valor más grande de todos.
• Hedonismo
El hombre light
solo tiene interés por vivir el instante inmediato. Para él, el placer y la comodidad
son sinónimos de la felicidad. El mundo gira alrededor del hombre light, y la realidad
existe tan solo para satisfacer sus necesidades. El orgasmo es la mayor
felicidad de todas.
El autor se
inmerge en el sentido de la vida en los tiempos modernos:
v Libertad es igual a
“La verdad os
hará libres”. El cimiento de la libertad es la verdad. Entre mayor sea nuestro entendimiento
del mundo que nos rodea, mayor será nuestra libertad para actuar.
La libertad surge
del entendimiento y la comprensión de la realidad.
· La
moda
Somos tan solo
productos en serie. El hombre ha dejado su humanidad para convertirse en un
objeto. Nos saturamos de accesorios para disimular ese vacío espiritual que no sabemos
como llenar.
· Sexualidad
light
El hombre light,
al ser hedonista, busca tan solo relaciones superficiales que se centran en el
sexo. Las relaciones afectivas terminan convirtiéndose en relaciones físicas.
El sexo es parte del amar, pero no es el amor en sí. El significado que se
imprime en el acto sexual y los sentimientos que hay por detrás, son los que
determinan al amor.
· Televisión,
mal información y desinformación
El hombre se
encuentra saturado por pilas de información que no le dice nada, ya que ésta,
no está enfocada en la formación del hombre ni en la educación, sino en los
ratings y en lo que más venda; pura forma sin contenido.
La televisión,
por otro lado, se ha convertido en la piedra angular de la cultura y diversión del
hombre moderno. Nos hemos hecho dependientes de éste aparato.
· Revistas
del corazón
El hombre light,
prefiere gastar su tiempo en revistas frívolas que no dejan ni aportan nada a
uno, que a leer un buen libro del cuál pudiera extraer ideas y conocimientos.
Somos una sociedad floja que ha perdido la voluntad, en la cuál rige la ley del
mínimo esfuerzo.
v Intimidad
Existen dos
mundos: el mundo exterior y el mundo interior. El mundo exterior es la realidad
perceptible. El mundo interior es el de la conciencia, la realidad
imperceptible. El hombre light huye del mundo de la intimidad para refugiarse
en el exterior, creando así un ser hueco.
· La
felicidad es igual a un proyecto de vida coherente
La felicidad solo
se puede alcanzar a través de un proyecto de vida coherente. Hay que darle un
sentido a nuestra vida; pero, no basta solo con tener un objetivo, también, hay
que tener la determinación para sobreponernos a cualquier eventualidad que
pudiera acaecer en el camino hacia la meta. Además, el proyecto de vida
debe ser coherente, debe ser acorde con la realidad y con nuestros valores.
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IV Carl Marx
Alienación
O enajenación o extrañamiento. Circunstancia en la que
vive toda persona que no es dueña de sí misma, ni es la responsable última de
sus acciones y pensamientos. Para Marx es la condición en la que vive la clase
oprimida en toda sociedad de explotación, en toda sociedad que admite la
propiedad privada de los medios de producción.
Tanto para Marx como
para Hegel, este concepto describe la siguiente situación que le puede
sobrevenir a un sujeto: cuando no se posee a sí mismo, cuando la actividad que
realiza le anula, le hace salir de sí mismo y convertirse en otra cosa distinta
a la que él mismo propiamente es, decimos que dicho sujeto está alienado; la
alienación describe la existencia de una escisión dentro de un sujeto, de un no
poseerse totalmente y, como consecuencia de ello, comportarse de un modo
contrario a su propio ser. Sin embargo, aunque Marx tomó este concepto de
Hegel, hay importantes diferencias en el modo en que ambos filósofos la
interpretaron:
En Marx la alienación se refiere a la explotación del hombre por el hombre, se refiere a la pérdida de autonomía y libertad de una clase social como
consecuencia de la explotación a la que le somete otra clase social,
principalmente por el hecho de existir la propiedad privada de producción.
Marx considera que con
la aparición de la propiedad privada se produce una circunstancia social
totalmente nueva y que sólo podrá eliminarse con la abolición de dicha forma de
propiedad. Podemos entender esta nueva situación si nos fijamos en la
alienación en la sociedad esclavista: en esta sociedad el esclavo no se
pertenece a sí mismo sino al amo; el amo puede disponer a voluntad del esclavo,
de su cuerpo, de su mente, de su personalidad y sus habilidades. Cabe distinguir
el individuo mismo, su actividad y los objetos producidos por su actividad;
pues bien, en dicha sociedad, el esclavo no es dueño ni de sí mismo (carece de
libertad completa, no puede hacer lo que quiera con su cuerpo, ni con su
sexualidad, ni con su mente) pero tampoco es dueño de su actividad, ésta le
pertenece al amo, como también le pertenece al amo el conjunto de objetos
producidos por el esclavo (por ejemplo los objetos de su actividad manual, lo
que obtenga por trabajar en el campo, ...). Según Marx, lo mismo ocurre en el
sistema de producción capitalista: aquí el hombre se
hace cosa, mercancía, usada por el propietario de los medios de producción
sólo como un instrumento más en la cadena de producción de bienes. La propiedad
privada convierte los medios y materiales de producción en fines en sí mismos a
los que subordina al mismo hombre. La propiedad
privada aliena al hombre porque no lo trata como fin en sí mismo, sino como
mero medio o instrumento para la producción.
La alienación principal es la alienación económica, la alienación que se da como consecuencia de la estructura socioeconómica que descansa en la propiedad privada, pero no se agota en ella, pues también se expresa en la alienación religiosa, política, e intelectual. Podemos entender toda la propuesta filosófica de Marx como el intento de crear una filosofía que permita comprender las causas de la alienación (y en último término del sufrimiento humano) y encontrar su solución.
http://www.e-torredebabel.com/Historia-de-la-filosofia/Filosofiacontemporanea/Marx/Marx-Alienacion.htm
-------------------------------------------------V Obsolescencia Programada
¿Qué es?
Se denomina obsolescencia
programada a la determinación o programación del fin de la vida útil de un
producto, de modo que, tras un período de tiempo calculado de antemano por el fabricante
o por la empresa durante la fase de diseño de dicho producto o servicio, éste
se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible.
Básicamente, una técnica que
se aplica a los productos para que se rompan solos y debas comprar otro.
Obsolescencia
tecnológica
La obsolescencia tecnológica consiste en que el resto del
ecosistema sobre el que trabaja un aparato se hace obsoleto y por ello ya no
puede desempeñar sus funciones aunque opere correctamente. En informática
encontramos los mejores ejemplos, siendo muchas veces esta obsolescencia
justificada pues suele trae ventajas al consumidor final. La Ley de Moore
expresa que aproximadamente cada dos años se duplica el número de transistores
en un circuito integrado, luego es muy fácil quedarse atrás en cuanto a
potencia. Existe también otra ley que dice que cuanto más potente es un
ordenador más se usa su potencia. Igual pasa con el espacio de almacenamiento.
Como ejemplos de productos obsoletos por su progreso tecnológico tendremos los
famosos disquetes (en sus diferentes tamaños y prestaciones) y el sistema
operativo BeOS.
Consecuencias
La obsolescencia programada, en todas sus variantes,
provoca una serie de consecuencias económicas y medioambientales.
Económicas
La principal consecuencia económica es un aumento de los
ingresos para el fabricante a medio plazo. Sin embargo si una empresa actúa independientemente
de las demás y aplica plazos de duración más cortos su prestigio puede verse
afectado y perder ventas a largo plazo. Por eso es necesario para una buena
obsolescencia programada que todas las empresas ofrezcan productos de duración
similar. También el aumento de la producción hace que el precio por unidad de
cada producto sea inferior a antes de aplicarse la obsolescencia.
Medioambientales
En el terreno medioambiental, las principales
consecuencias vienen del hecho de generar tanta basura y residuos. En los RAEE
(Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos) se puede aprovechar gran parte
de los materiales. Por otra parte muchos de estos residuos tienen partes de plástico;
en los que su descomposición al aire libre varía entre 100 y 1000 años. Otra gran preocupación está en materiales como el plomo y el cadmio,
ya que la contaminación producida es muy grave para las personas. Un monitor
CRT puede contener hasta 3 kg de plomo. La gran parte de esta basura acaba en
zonas de África donde la gente rebusca en la basura. Técnicamente está
prohibido enviar basura a estos sitios desde los países desarrollados pero se
camuflan bajo “Ayuda al Desarrollo”, como donaciones, diciendo que esos
aparatos les ayudarían, pero lo cierto
es que van todos rotos. En el mundo textil se han visto empresas que se
disfrazan de ONG para vender ropas donadas por la gente a precios exorbitados
en África.
Obsolescencia
Programada Adrian Arroyo Calle (1 de abril de 2015)
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VI El principito. (Saint- Exupéry) Capítulo XXI
(El lenguaje y la amistad)

Entonces
apareció el zorro:
-¡Buenos
días! -dijo el zorro.
-¡Buenos
días! -respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vió nada.
-Estoy
aquí, bajo el manzano -díjo la voz.
-¿Quién
eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!
-Soy
un zorro -dijo el zorro.
-Ven
a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!
-No
puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.
-¡Ah,
perdón! -dijo el principito.
Pero después de una breve reflexión, añadió:
-¿Qué
significa "domesticar"?
-Tú
no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?
-Busco
a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa
"domesticar"?
-Los
hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también
crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?
-No
-díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"?
-volvió a preguntar el principito.
-Es
una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear vínculos... "
-¿Crear
vínculos?
-Efectivamente,
verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a
otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes
necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros
semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del
otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...
-Comienzo
a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha
domesticado...
-Es
posible -concedió el zorro-, en la
Tierra se ven todo tipo de cosas.
-¡Oh,
no es en la Tierra !
-exclamó el principito.
El
zorro pareció intrigado:
-¿En
otro planeta?
-Sí.
-¿Hay
cazadores en ese planeta?
-No.
-¡Qué
interesante! ¿Y gallinas?
-No.
-Nada
es perfecto -suspiró el zorro.
Y
después volviendo a su idea:
-Mi
vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las
gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro
un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sól. Conoceré el rumor de
unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo
la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y
además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo
tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada
y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo
maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo
de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.
El
zorro se calló y miró un buen rato al principito:
-Por
favor... domestícame -le dijo.
-Bien
quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar
amigos y conocer muchas cosas.
-Sólo
se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no
fienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no
hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres
un amigo, domestícame!
-¿Qué
debo hacer? -preguntó el príncipito.
-Debes
tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco
lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me
dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás
sentarte un poco más cerca...
El
principito volvió al día siguiente.
-Hubiera
sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por
ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso.
Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré
agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la feliçidad. Pero si tú vienes
a cualquier hora, nunça sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son
necesarios.
-¿Qué
es un rito? -inquirió el principito.
-Es
también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no
se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores,
por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los
jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la
viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y
yo no tendría vacaciones.
De
esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando el día
de la partida:
-¡Ah!
-dijo el zorro-, lloraré.
-Tuya
es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has
querido que te domestique...
-Ciertamente
-dijo el zorro.
-
¡Y vas a llorar!, -dijo él principito.
-¡Seguro!
-No
ganas nada.
-Gano
-dijo el zoro- he ganado a causa del color del trigo.
Y
luego añadió:
-Vete
a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a
decirme adiós y yo te regalaré un secreto.
El
principito se fue a ver las rosas a las que dijo:
-No
son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes
han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se
diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es
único en el mundo.
Las
rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:
-Son
muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que
las vea podrá creer indudablemente que mi rosa es igual que cualquiera de
ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado,
porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los
gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo
he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa,
en fin.
Y
volvió con el zorro.
-Adiós
-le dijo.
-Adiós
-dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : sólo con el
corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.
-Lo
esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.
-Lo
que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
-Es
el tiempo que yo he perdido con ella... -repitió el principito para recordarlo.
-Los
hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla.
Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de
tu rosa...
-Yo
soy responsable de mi rosa... -repitió el principito a fin de recordarlo.
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VI Nazin Hikmet (Turquía 1902-1963)
DESDE LAS CUATRO CÁRCELES POEMA Nº 2
Estoy extraordinariamente contento de haber venido al mundo,
amo su tierra, su luz, su lucha y su pan.
A pesar de conocer hasta el centímetro la medida de su circunferencia
y de saber que no es más que un juguete al lado del sol
El mundo es increíblemente inmenso para mí.
Hubiese deseado
recorrer el mundo, ver los peces, las frutas, los astros que no he visto
y, sin embargo,
solamente en los libros y los mapas viajé por Europa.
No he recibido ni siquiera una carta
con su sello azul matado en Asia.
Lo mismo yo que el tendero de mi barrio
somos totalmente desconocidos en América.
Pero qué importa:
Desde china a España, desde el Cabo de Buena Esperanza a Alaska,
en cada milla marina, en cada kilómetro tengo amigos y enemigos.
Amigos que no nos hemos saludado ni una vez siquiera
sin embargo, podríamos morir por el mismo pan, la misma libertad, la misma nostalgia.
Y enemigos sedientos de mi sangre
Como yo sediento de la suya.
Mi fuerza:
es que estoy solo en este inmenso mundo.
El mundo y sus hombres no son ningún secreto para mi corazón,
Ningún enigma para mi ciencia.
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VII Boris Cyrulnik
(pasado e identidad)
(pasado e identidad)
"No somos dueños del
sentido que atribuimos a las cosas. No somos dueños de las catástrofes
naturales que nos tocan en suerte. No somos dueños de la historia de nuestros
padres, que explica sus emociones. Tampoco somos dueños de las reacciones de
las personas que nos rodean ni de los relatos que hace nuestra cultura de lo
que nos ha sucedido. No somos dueños de las interacciones precoces que
modelaron nuestro temperamento y nos hicieron sensibles a
determinados hechos e indiferentes a otros.
Y sin embargo, la convergencia de todos estos
factores determinantes caóticos proyectará en nosotros la película que
elaboramos de nosotros mismos y que llamamos la “historia de mi vida”.
Declaración
del leñador interrogado por el oficial de investigaciones de la Kebushi
-Yo confirmo, señor
oficial, mi declaración. Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana, como
lo hago siempre, fui al otro lado de la montaña para hachar abetos. El cadáver
estaba en un bosque al pie de la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco
cho, me parece, del camino del apeadero de Yamashina. Es un paraje silvestre,
donde crecen el bambú y algunas coníferas raquíticas.
El muerto estaba
tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador de color celeste y llevaba un eboshi
de color gris, al estilo de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo,
pero era una herida profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de
bambú caídas en su alrededor estaban como teñidas de suho. No, ya no corría
sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual, bien lo
recuerdo, estaba tan agarrado un gran tábano que ni siquiera escuchó que yo me
acercaba.
¿Si encontré una
espada o algo ajeno? No. Absolutamente nada. Solamente encontré, al pie de un
abeto vecino, una cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré
alrededor, pero las hierbas y las hojas muertas de bambú estaban holladas en
todos los sentidos; la victima, antes de ser asesinada, debió oponer fuerte
resistencia. ¿Si no observé un caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar
al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese paraje de
la carretera.
Declaración del monje budista interrogado por el mismo oficial
-Puedo asegurarle,
señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue
hacia el mediodía, según creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. Él
marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado por una mujer montada a caballo.
La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su rostro. Me fijé
solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo, me
parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro
shaku cuatro sun1,
me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba
bien armado. Portaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa
aljaba laqueada de negro donde llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy
bien.
¿Cómo podía adivinar
yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o como
un relámpago... Lo lamento... no encuentro palabras para expresarlo...
Declaración del soplón interrogado por el mismo oficial
-¿El hombre al que
agarré? Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo
apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía haber
caído del caballo. ¿La hora? Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche.
La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo kimono azul
y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo comprobar,
llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mismas armas?
Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. Porque el arco enfundado en
cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete flechas con plumas de halcón,
todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un alazán con
las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus
largas riendas arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del
puente de piedra, en el borde de la carretera.
De todos los ladrones
que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el más
mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de
Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven
sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si
es él quien mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la mujer que venía
a caballo. No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero
este aspecto merece ser aclarado.
Declaración de una anciana interrogada por el mismo oficial
-Sí, es el cadáver de
mi yerno. Él no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia
de Wakasa. Se llamaba Takehito Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un
hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.
¿Mi hija? Se llama
Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un
hombre. No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar
cerca del ángulo externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.
Takehiro había
partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba
este destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida
por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo
suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue de
mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese
bandolero... ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí, Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a
mi yerno, sino que... (Los sollozos ahogaron sus palabras.)
Confesión de Tajomaru
Sí, yo maté a ese
hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué
quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas,
por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada
oculto.
Ayer, pasado el
mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento
descubrió el rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante... Un segundo después
ya no lo veía. La brevedad de esta visión fue causa, tal vez, de que esa cara
me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu. Repentinamente decidí apoderarme
de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.
¿Qué? Matar a un hombre
no es cosa tan importante como ustedes creen. El rapto de una mujer implica
necesariamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable
que llevo en mi cintura, mientras ustedes matan por medio del poder, del dinero
y hasta de una palabra aparentemente benévola. Cuando matan ustedes, la sangre
no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero no la han matado menos! Desde el
punto de vista de la gravedad de la falta me pregunto quién es más criminal.
(Sonrisa irónica.)
Pero mucho mejor es
tener a la mujer sin matar a hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de
hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin
embargo, como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé
para llevar a la pareja a la montaña.
Resultó muy fácil.
Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una
vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de
sables. Para ocultarlos de la mirada de los envidiosos los había enterrado en
un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador para ese tesoro, que
ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia...
Luego... ¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo
el camino de la montaña.
Cuando llegamos ante
el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí
que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró
motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo.
Comprendí muy bien su reacción ante la cerrada espesura; era precisamente la
actitud que yo esperaba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré en el
bosque seguido por el hombre.
Al comienzo, sólo
había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro
junto al cual se alzaban unos abetos... Era el lugar ideal para poner en
práctica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, lo engañé diciéndole con
aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre se dirigió sin
vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. Los bambúes iban raleando, y
llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé.
Era un hombre armado y parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un
abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón,
siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el
estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de
bambú.
Cuando lo tuve bien
atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el
pretexto de que su marido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más
está decir que me creyó. Se desembarazó de su ichimegasa y se internó en el
bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie del
abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa. Nunca
vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría costado la vida; me
hubiera clavado el puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue
difícil para mí eludir tan furioso ataque. Pero por algo soy el famoso
Tajomaru: conseguí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por
inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin
cometer un asesinato.
Sí, sin cometer un
asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por
abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se
arrojó a mis brazos como una loca. Y la escuché decir, entrecortadamente, que
ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no podía soportar la vergüenza
ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo. Ella
se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento
deseo de matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un
escalofrío.)
Al escuchar lo que
les cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes
no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba
en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el
deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. Y no fue, lo juro, a
causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel
momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado
después de deshacerme de ella con un puntapié. Y no habría manchado mi espada
con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mujer en la
penumbra del bosque, decidí no abandonar el lugar sin haber matado a su marido.
Pero aunque había
tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo
desafié. (Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé
llevármela.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y, sin decir
palabra alguna, se precipitó sobre mí. No hay nada que contar, ya conocen el
resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el
vigésimo tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resistido más
de veinte... (Sereno suspiro.)
Mientras el hombre se
desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma ensangrentada.
¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos.
El suelo cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no
percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.
Tal vez al comenzar
el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora
ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida:
apoderándome de las armas del muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué
sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré apenas que antes de entrar en
la capital vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo supe.
Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia.)
Confesión de una mujer que fue al templo de Kiyomizu
-Después de violarme,
el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh,
cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que
clavar en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instintivamente corrí, mejor
dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo, y arrojándome
un puntapié me hizo caer. En ese instante, vi un extraño resplandor en los ojos
de mi marido... un resplandor verdaderamente extraño... Cada vez que pienso en
esa mirada, me estremezco. Imposibilitado de hablar, mi esposo expresaba por
medio de sus ojos lo que sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera
ni tristeza. No era otra cosa que un
frío desprecio hacia
mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité
alguna cosa y caí desvanecida.
No sé cuánto tiempo
transcurrió hasta que recuperé la conciencia El bandido había desaparecido y mi
marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las
hojas secas, miré a mi esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla
de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar
a lo que sentía en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante; me aproximé
a mi marido y le dije:
-Takehiro, después de
lo que he sufrido y en esta situación horrible en que me encuentro, ya no podré
seguir contigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también
exijo tu muerte! Has sido testigo de mi vergüenza! ¡No puedo permitir que me
sobrevivas!
Se lo dije gritando.
Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los
latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela,
porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco
estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal. Lo tomé, y levantándolo sobre
Takehiro, repetí:
-Te pido tu vida. Yo
te seguiré.
Entonces, por fin
movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían
hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a
entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo:
«Mátame».
Semiconsciente, hundí
el puñal en su pecho, a través de su kimono.
Y volví a caer
desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado,
estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol
poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los
abetos, acariciaban su cadáver. Después... ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para
contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a
una laguna en el valle... ¡Todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no
tengo ningún motivo para jactarme. (Triste sonrisa.) Tal vez hasta la
infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una
mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido... qué podía hacer.
Aunque yo... yo... (Estalla en sollozos.)
Lo que narró el espíritu por labios de una bruja
-El salteador, una
vez logrado su fin, se sentó junto a mi mujer y trató de consolarla por todos
los medios. Naturalmente, a mí me resultaba imposible decir nada; estaba atado
al pie del abeto. Pero la miraba a ella significativamente, tratando de
decirle: «No lo escuches, todo lo que dice es mentira». Eso es lo que yo quería
hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas de
bambú, miraba con fijeza sus rodillas. Daba la impresión de que prestaba oídos
a lo que decía el bandido. Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido,
por su parte, escogía las palabras con habilidad. Me sentí torturado y
enceguecido por los celos. Él le decía: «Ahora que tu
cuerpo fue mancillado
tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa?
Fue a causa del amor que me inspiraste que yo actué de esta manera». Y repetía
una y otra vez semejantes argumentos. Ante tal discurso, mi mujer alzó la
cabeza como extasiada. Yo mismo no la había visto nunca con expresión tan
bella. ¡Y qué piensan ustedes que mi tan bella mujer respondió al ladrón
delante de su marido maniatado! Le dijo: «Llévame donde quieras». (Aquí, un
largo silencio.)
Pero la traición de
mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la
negrura de esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba a punto
de abandonar el lugar, se dirigió hacia mí con el rostro pálido, y señalándome
con el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol, dijo: «¡Mata a ese hombre!
¡Si queda vivo no podré vivir contigo!». Y gritó una y otra vez como una loca:
«¡Mátalo! ¡Acaba con él!». Estas palabras, sonando a coro, me siguen
persiguiendo en la eternidad. ¡Acaso pudo salir alguna vez de labios humanos
una expresión de deseos tan horrible! ¡Escuchó o ha oído alguno palabras tan
malignas! Palabras que... (Se interrumpe, riendo extrañamente.)
Al escucharlas hasta
el bandido empalideció. «¡Acaba con este hombre!». Repitiendo esto, mi mujer se
aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó. Y de
inmediato la arrojó de una patada sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en
carcajadas.) Y mientras se cruzaba lentamente de brazos, el bandido me
preguntó: «¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone? No
tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza. ¿Quieres que la mate?...»
Solamente por esa
actitud, yo habría perdonado a ese hombre. (Silencio.)
Mientras yo vacilaba,
mi esposa gritó y se escapó, internándose en el bosque. El hombre, sin perder
un segundo, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba inmóvil
esa pesadilla. Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas, y
cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el
bosque, pude escuchar que murmuraba:
«Esta vez me toca a
mí». Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. «¿Alguien llora?»,
me pregunté. Mientras me liberaba, presté atención: eran mis propios sollozos
los que había oído. (La voz calla, por tercera vez, haciendo una larga pausa.)
Por fin, bajo el
abeto, liberé completamente mi cuerpo dolorido. Delante mío relucía el puñal
que mi esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo clavé de un golpe en mi pecho.
Sentí un borbotón acre y tibio subir por mi garganta, pero nada me dolió. A
medida que mi pecho se entumecía, el silencio se profundizaba. ¡Ah, ese
silencio! Ni siquiera cantaba un pájaro en el cielo de aquel bosque. Sólo caía,
a través de los bambúes y los abetos, un último rayo de sol que desaparecía...
Luego ya no vi bambúes ni abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso
silencio. En aquel momento, unos pasos furtivos se me acercaron. Traté de
volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad. Una mano invisible
retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca.
Ese fue el fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar...
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IX Fernando Savater: Ética
a Amador.
(libertad y determinismo)
(libertad y determinismo)
“Voy a contarte un caso dramático. Ya conoces
a las termitas, esas hormigas blancas que en África levantan impresionantes
hormigueros de varios metros de alto y duros como la piedra. Dado que el cuerpo
de las termitas es blando, por carecer de la coraza quilatinosa que protege a
los otros insectos, el hormiguero les sirve de caparazón colectivo contra
ciertas hormigas enemigas, mejor armadas que ellas. Pero a veces uno de esos
hormigueros se derrumba, por culpa de una riada o de un elefante (a los elefantes
les gusta rascarse los flancos contra los termiteros, qué le vamos a hacer). En
seguida, las termitas-obrero se ponen a trabajar para reconstruir su dañada
fortaleza, a toda prisa. Y las grandes hormigas enemigas se lanzan al asalto.
Las termitas-soldado salen a defender a su tribu e intentan detener a las
enemigas. Como ni por el tamaño ni por armamento pueden competir con ellas, se
cuelgan de los asaltantes intentando frenar todo lo posible su marcha, mientras
las feroces mandíbulas de sus asaltantes las van despedazando. Las obreras
trabajan con toda celeridad y se ocupan de cerrar otra vez el termitero
derruido… pero lo cierran dejando fuera a las pobres y heroicas
termitas-soldado, que sacrifican sus vidas por la seguridad de las demás. ¿No
merecen acaso una medalla, por lo menos? ¿No es justo decir que son valientes?
Cambio de escenario, pero
no de tema. En la Ilíada, Homero cuenta la historia de Héctor, el mejor
guerrero de Troya, que espera a pie firme fuera de las murallas de su ciudad a
Aquiles, el enfurecido campeón de los aqueos, aun sabiendo que éste es más
fuerte que él y que probablemente va a matarle. Lo hace por cumplir su
deber, que consiste en defender a su familia y a sus conciudadanos del terrible
asaltante. Nadie duda de que Héctor es un héroe, un auténtico valiente. Pero
¿es Héctor heroico y valiente del mismo modo que las termita-soldado, cuya
gesta millones de veces repetida ningún Homero se ha molestado en cantar? ¿No
hace Héctor, a fin de cuentas, lo mismo que cualquiera de las termitas
anónimas? ¿Por qué nos parece su valor más auténtico y más difícil que el de
los insectos? ¿Cuál es la diferencia entre un caso y el otro?”
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X Apuntes de la teoría evolucionista de C. Darwin.
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XI El elefante encadenado.
X Apuntes de la teoría evolucionista de C. Darwin.
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XI El elefante encadenado.
Cuando yo era chico me encantaban los circos
y lo que mas me gustaba de los circos eran los animales. También a mí, como a
otros, después me enteré que me llamaba la atención el elefante.
Durante la función la enorme bestia hacia despliegue de su peso tamaño y fuerza descomunal...pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.
Sin embargo, la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría con facilidad arrancar la estaca y huir.
El misterio es evidente : ¿ Qué lo mantiene entonces ¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia :
Si está amaestrado ¿Por qué lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.
Con el tiempo me olvidé del misterio del
elefante y la estaca...y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que
también se habían hecho la misma pregunta.
Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta : EL ELEFANTE DEL CIRCO NO ESCAPA PORQUE HA ESTADO ATADO A UNA ESTACA PARECIDA DESDE QUE ERA MUY, MUY PEQUEÑO.
Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.
Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar y también al otro y al que le seguía....Hasta
que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree - pobre - que NO PUEDE.
El tiene el registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás...jamás....intentó poner a prueba su fuerza otra vez.
Vivimos creyendo que un montón de cosas "no podemos" simplemente porque alguna vez, antes, cuando éramos chiquitos, alguna vez probamos y no pudimos. Hicimos entonces, lo del elefante : grabamos en nuestro recuerdo: NO PUEDO....NO PUEDO Y NUNCA PODRE. Hemos crecido portando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y nunca más lo volvimos a intentar.
Cuando mucho, de vez en cuando sentimos los grilletes, hacemos sonar las cadenas o miramos de reojo la estaca y confirmamos el estigma : " NO PUEDO Y NUNCA PODRE " Vivimos condicionados por el recuerdo de otros, que ya no somos y no pudieron (...)
Texto del escritor J. Bucay
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XII Por el camino de la Mitología griega
(extraídos de la Mitología Clásica Ilustrada de Otto Seemann, editorial Vergara)
XII Por el camino de la Mitología griega
(extraídos de la Mitología Clásica Ilustrada de Otto Seemann, editorial Vergara)
a. Mito de Prometeo
Cielo y tierra habían sido creados; el mar se mecía en sus orillas y en su
seno jugueteaban los peces; en el aire cantaban, aladas, las aves; pululaban en
el suelo los animales. Pero faltaba aún la criatura en cuyo cuerpo pudiera
dignamente morar el espíritu y dominar desde allí todo el mundo terreno.
Apareció entonces en la Tierra Prometeo, vástago de la vieja estirpe de los
dioses que Zeus destronara, hijo de Japeto, que lo era de Urano, nacido de la
Tierra, dotado de gran ingenio. Bien sabía éste que en el suelo dormitaba la
semilla del Cielo; por eso tomó arcilla, la humedeció con agua del río, la
amasó y modeló con ella un ser a imagen de los dioses, señores del Mundo. Para
animar este amasijo obra de sus manos, pidió a las almas de todos los animales
cualidades, buenas y malas, y las encerró en el pecho del hombre. Entre los
Olímpicos tenía una amiga, Atenea, diosa de la sabiduría, quien, admirada de la
obra del hijo del Titán, infundió en la figura semianimada el espíritu, el
hálito divino.
Así nacieron los primeros hombres, y no tardaron en multiplicarse y llenar
la Tierra. Durante largo tiempo, sin embargo, no supieron cómo servirse de sus
nobles miembros y de la divina chispa que recibieran. Miraban en vano, sin ver;
oían sin oír. Vagaban como fantasmas, sin poder ayudarse de lo creado.
Desconocían el arte de excavar las piedras y trabajarlas, de cocer ladrillos
con barro, con los troncos caídos del bosque tallar maderos, y con todas estas
cosas construirse viviendas. Pululaban bajo el suelo, en cavernas donde jamás
penetraba el sol, como inquietas hormigas. No conocían las señales seguras
anunciadoras del invierno, de la primavera con sus flores, del verano con su
riqueza de frutos. Cuanto hacían era sin plan ni concierto.
Y he aquí que en Prometeo se despertó el interés por sus criaturas. Les
enseñó a observar la salida y la puesta de los astros, las inició en el arte de
contar, en el de la escritura; les enseñó a reducir a los animales al yugo y a
utilizarlos como compañeros de trabajo; acostumbró los corceles a la brida y al
carro, inventó barcas y velas para navegar. Se preocupó igualmente de los demás
aspectos de la vida de los humanos. Antes no sabían éstos emplear remedios en
sus enfermedades, desconocían los ungüentos que mitigan el dolor y no practicaban
para cada dolencia una dieta apropiada; por falta de medicinas, los pacientes
sucumbían miserablemente. Por eso, Prometeo les enseñó a mezclar medicamentos
con que combatir toda suerte de enfermedades. Les enseñó luego el arte de la
predicción, revelándoles los significados de señales y sueños, del vuelo de las
aves y de los aruspicios. Además, les hizo dirigir la mirada al interior de la
tierra y descubrir así los minerales metálicos: el hierro, la plata y el oro.
En una palabra, les inició en todos los regalos y las artes de la existencia.
No hacía mucho que reinaba en el Cielo, junto con sus hijos, Zeus, que
había destronado a su padre Cronos y a la antigua raza de dioses de la que
también descendía Prometeo.
Y he aquí que los nuevos dioses fijaron su atención en el linaje de hombres
que acababa de nacer. Le exigieron les rindiera homenaje, a cambio de la
protección que pensaban dispensarle. Se celebró en Mekone (Sición), Grecia, ura
asamblea de mortales e inmortales, y en ella se estipularon los derechos y
deberes de los hombres. Como abogado de sus humanas criaturas se presentó en la
asamblea Prometeo, con objeto de velar para que los dioses no impusiesen
excesivas cargas a los mortales en pago de la protección otorgada. Pero su
listeza incitó al hijo de los Titanes a engañar a los dioses. En nombre de sus
criaturas sacrificó un gran toro, del cual los Olímpicos debían escoger la
parte que desearan. Una vez despedazado, había hecho dos montones con el cuerpo
del animal propiciatorio: de un lado puso la carne y las entrañas, con
abundante grasa, atado todo ello en la piel del animal, y puso el estómago
encima; del otro lado colocó los huesos mondos, envueltos hábilmente en el sebo
de la víctima. Y este montón era el más voluminoso. Pero Zeus, el padre de los
dioses, el omnisciente, vio el engaño y dijo: «Hijo de Japeto, rey ilustre,
buen amigo, ¡qué desiguales has hecho las partes!». Creyó entonces Prometeo
haberle engañado y, sonriendo para sus adentros, dijo: «Ilustre Zeus, el más
grande de los dioses eternos, escoge la parte que el corazón en tu pecho te
aconseje». Zeus sintió la indignación en su alma, pero cogió adrede con ambas
manos el blanco sebo y, habiéndolo apretado y viendo los pelados huesos, simuló
que hasta aquel momento no se daba cuenta de la superchería e, irritado,
exclamó: «¡Bien veo, amigo Japetónida, que no has olvidado todavía el arte del
fraude!»
Resolvió Zeus vengarse de Prometeo por su engaño, y negó a los mortales el
último don que necesitaban para alcanzar la plena civilización: el fuego. Más,
también aquí supo componérselas el astuto hijo de Japeto. Cogiendo el largo
tallo del jugoso hinojo gigante, se acercó con él al carro del Sol que pasaba y
prendió fuego a la planta. Provisto de aquella antorcha bajó a la Tierra y pronto
la primera hoguera flameó hacia el Cielo. Fue el Tonante quien más se sintió
dolido en el fondo del alma, cuando divisó a lo lejos el resplandor del fuego
elevándose de entre los hombres. Inmediatamente, y para reemplazar el uso del
fuego, que no podía ya arrebatar a los mortales, ideó para ellos un nuevo mal:
Hefesto, dios del fuego, famoso por sus habilidades, formaría la estatua de una
hermosa doncella. La propia Atenea que, celosa de Prometeo, se había trocado en
su enemiga, echó sobre la imagen una vestidura blanca y reluciente, le aplicó
sobre el rostro un velo que la virgen mantenía separado con las manos, la
coronó de frescas flores y la ciñó el talle con un cinturón de oro, artística
obra que Hefesto ofrendara también a su padre, adornada maravillosamente con
policromas figuras de animales. Hermes, el mensajero de los dioses, otorgaría
el habla a la bella imagen, y Afrodita le daría todo su encanto amoroso. De
este modo Zeus, bajo la apariencia de un bien, había creado un engañoso mal, al
que llamó Pandora, es decir, la omnidotada; pues cada uno de los Inmortales
había conferido a la doncella algún nefasto obsequio para los hombres. Condujo
entonces a la virgen a la Tierra, donde los mortales vagaban mezclados con los
dioses, y unos y otros se pasmaron ante la figura incomparable. Pero ella se
dirigió hacia Epimeteo, el ingenio hermano de Prometeo (1), llevándole el
regalo de Zeus. En vano aquél había advertido a su hermano que nunca aceptase
un obsequio venido del olímpico Zeus, para no ocasionar con ello un daño a los
hombres; debía rechazarlo inmediatamente. Epimeteo se olvido de aquellas
palabras, acogió gozoso a la hermosa doncella y no se dio cuenta del mal hasta
que ya lo tuvo. Pues hasta entonces las familias de los hombres, aconsejadas por
su hermano, habían vivido libres del mal, no sujetos a un trabajo gravoso,
exentos de la torturante enfermedad. Pero la mujer llevaba en las manos su
regalo, una gran caja provista de una tapadera. Apenas llegada junto a Epimeteo
abrió la tapa y en seguida volaron del recipiente innumerables males que se
desparramaron por la Tierra con la velocidad del rayo. Oculto en el fondo de la
caja hahia un único bien: la esperanza; pero, siguiendo el consejo del padre de
los dioses, Pandora dejó caer la cubierta antes de que aquélla pudiera echar a
volar, encerrándola para siempre en el arca. Entretanto, la desgracia llenaba,
bajo todas las formas, tierra, mar y aire. Las enfermedades se deslizaban día y
noche por entre los humanos, solapadas y silenciosas, pues Zeus no les había
dado la voz. Un tropel de fiebres sitiaba la Tierra, y la muerte, antes remisa
en sorprender a los hombres, precipitó su paso.
Después, Zeus dirigió su venganza contra Prometeo. Entregó al culpable a
Hefesto y sus criados, Cratos y Bia (la coerción y la violencia), quienes
hubieron de arrastrarle a las soledades de Escitia, y allí, sobre un espantoso
precipicio, encadenarle con cadenas indestructibles al muro de roca del
Cáucaso. Hefesto cumplió con desgano el mandato de su padre, pues amaba en el
hijo de los Titanes al consanguíneo descendiente de su abuelo Urano, a un
vastago de los dioses de tan alta alcurnia como Zeus. Con palabras llenas de
piedad y bajo los improperios de sus brutales servidores, mandó a estos a que
efectuaran el cruel trabajo.
Y así hubo de permanecer Prometeo suspendido de la desolada peña, de pie,
insomne, sin nunca poder doblar la cansada rodilla. «Exhalarás muchas inútiles
quejas y suspiros —le díjo Hefesto—, pues la voluntad de Zeus es inexorable, y
todos aquellos que llevan poco tiempo disfrutando de un poder usurpado son
duros de corazón (2)». En realidad, el tormento del cautivo debía durar
eternamente, o por lo menos treinta mil años. Aunque suspirando y quejándose a
voces, aunque llamando, como testigos de su dolor, a los vientos y a los ríos,
a las fuentes y a las olas del mar, a la madre Tierra y a los astros del
Zodíaco que todo lo ven, su. ánimo no se doblegó. «Debe soportar la decisión
del Destino —dijo— todo aquel que sabe comprender la fuerza invencible ce la
necesidad». Tampoco se dejó mover por las amenazas de Zeus a descifrar la
oscura profecía de que un nuevo lazo matrimonial (3) depararía al soberano de
los dioses la perdición y la caída. Zeus cumplió su palabra: envió al
prisionero un águila que, huésped diario, se nutría de su hígado, el cual,
consumido, se regeneraba constantemente. Aquel tormento no habría de cesar
hasta que se presentase un redentor que, aceptando voluntariamente la muerte,
se aviniese en cierto modo a reemplazarle.
Finalmente llegó para el infeliz el día de la liberación. Después de haber
permanecido por espacio de siglos suspendido de la roca y sufriendo torturas
espantosas, acertó a pasar Hércules camino de las Hespérides y en busca de sus
manzanas. Al ver colgando en el Cáucaso al nieto de los dioses y con la
esperanza de poder aprovecharse de su buen consejo, se apiadó de su destino al
ver cómo el águila, posada sobre las rodillas de Prometeo, devoraba el hígado
del infeliz. Dejando entonces la maza y la piel de león, tendió su arco y
disparó la flecha, ahuyentando al ave cruel de la entraña del atormentado. Acto
seguido desató sus ligaduras y se alejó con el redimido. No obstante, para que
se cumpliese la condición del rey de los dioses, puso en su lugar al centauro
Quirón, quien se declaró presto a morir en aquel sitio, pues que antes era
inmortal (3). Mas para que no quedase incumplida la sentencia de Zeus, que
condenaba a Prometeo a permanecer desterrado en la roca durante un tiempo mucho
más prolongado, tuvo éste que llevar en adelante un anillo de hierro en pie
que, se encontraba una piedrecita arrancada de las peñas del Cáucaso. De este
modo, Zeus pudo jactarse de continuar teniendo a su enemigo cautivo a la
montaña.
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b. Mito de Narciso.
Narciso era hijo del dios boecio del río Cefiso y de Liriope, una ninfa acuática. El famoso vidente Tiresias ya había hecho la predicción de que viviría muchos años, siempre y cuando no se viese a sí mismo. A los 16 años Narciso era un joven apuesto, que despertaba la admiración de hombres y mujeres. Su arrogancia era tal que, tal vez a causa de ello, ignoraba los encantos de los demás. Fue entonces cuando la ninfa Eco, que imitaba lo que los demás hacían, se enamoró de él. Con su extraña característica, Eco tendía a permanecer hablando cada vez que Zeus hacía el amor con alguna ninfa. Narciso rechazó a la pobre Eco, tras lo cual la joven languideció.
Su cuerpo se marchitó y sus huesos se convirtieron en piedra. Sólo su voz permaneció intacta. Pero no fue la única a la que rechazó y una de las despechadas quiso que el joven supiese lo que era el sufrimiento ante el amor no correspondido. El deseo se cumplió cuando un día de verano Narciso descansaba tras la caza junto a un lago de superficie cristalina que proyectaba su propia imagen, con la que quedó fascinado. Narciso se acercó al agua y se enamoró de lo que veía, hasta tal punto que dejó de comer y dormir por el sufrimiento de no poder conseguir a su nuevo amor, pues cuando se acercaba, la imagen desaparecía.
Obsesionado consigo mismo, Narciso enloqueció, hasta tal punto que la propia Eco se entristeció al imitar sus lamentos.
El joven murió con el corazón roto e incluso en el reino de los muertos siguió hechizado por su propia imagen, a la que admiraba en las negras aguas de la laguna Estigia.
c. Mito de Edipo
Labdaco, de la familia de Carmo, tuvo un hijo llamado Laio, el cual, después de la muerte de Antión y de Zeto, usurpadores del trono cadmeio, fue rey de Tebas y se casó con Yocasta, hermana de Creón, hija de Meneceo. Como este matrimonio era estéril, los esposos se encaminaron a consultar el oráculo de Apolo, y les respondió la Pitia que, en caso de nacerles un hijo, éste mataría a su padre.
Al poco tiempo, Yocasta dio a luz un niño. Laio, temeroso del cumplimiento del oráculo, abandonó al recién nacido en el monte Citerón. Agujereados los pies y atados con fuertes ligaduras, quedó pendiente de un árbol. Pasó por allí el pastor Forbas, quien apiadándose de la criatura lo recogió, llamándole Oidipus, a causa de la deformidad de sus pies, y lo llevó al palacio de su amo, el rey de Corinto, Polibo.
Tanto el rey como la reina Merope, quedaron encantados con el niño y resolvieron adoptarlo. Edipo creció así bajo la tutela y amparo de los reyes y como si fuera hijo de los soberanos. Ya crecido, se dio cuenta de que el pueblo corintio le hacía objeto de crueles mofas, y oyó en reiteradas ocasiones que se ponía en duda su descendencia de la regia estirpe.
En seguida se dirigió a Delfos, y el oráculo, sin revelarle el secreto de su nacimiento, le anuncia que él será el matador de su padre y que cometerá incesto con su madre. Preso de horror y repugnancia, persuadido como estaba de que Polibo era su padre y Merope su madre, no quiso volver a Corinto, y tomó el camino de la Pócida.
El destino inexorable iba, sin embargo, a cumplirse, a su pesar. En el camino que conduce de Delfos a Daulis, donde se parte en dos, y al ir a tomar Edipo el de Tebas, un carro tirado por poderosas mulas le obstruyó el paso, y una voz injuriosa y dominante le ordenó con insolencia que dejara libre el camino. Irritado, contestó en mala forma el joven Edipo y trabándose en lucha con los ocupantes del carro dio muerte al dueño y a sus cinco escuderos: Edipo había dado muerte, sin saberlo, a su padre Laio.
A consecuencia de este crimen, Creón, hermano de Yocasta, ocupó el trono de Tebas. Poco tiempo después un monstruo terrible, que tenía cabeza y seno de mujer, cuerpo de perro, garras de león, alas de águila y una cola armada de un dardo agudo, hacía sensibles estragos en el país. Era la Esfinge, mandada por Juno para vengarse de ofensas e impiedades de los tebanos: apostada en el monte Fikión, en las cercanías de Tebas, proponía terribles enigmas a cuantos pasaban, y devoraba o arrojaba a las olas a quienes no respondían satisfactoriamente.
Ya llevaba causadas numerosas víctimas, y el rey Creón, queriendo poner término al mal, ofreció su corona y la mano de su hermana Yocasta a quien lograse vencer al monstruo. En esa época llegó a Tebas Edipo, y se resolvió a tentar la suerte. Fue en busca de la Esfinge y oyó de sus labios estas preguntas: ¿Cuál es el animal que tiene cuatro pies por la mañana, dos al mediodía y tres por la tarde?
Edipo resolvió en seguida la cuestión que a tantos había costado la vida.
Ese animal -contestó- es el hombre, que por la mañana, es decir, en su infancia, anda con pies y manos (gateando), al mediodía, esto es, en la plenitud de la edad, se sostiene sobre sus piernas, y en la tarde de la vejez necesita de un bastón para apoyarse.
Apenas terminó de pronunciar estas palabras, la Esfinge se arrojó del monte a las olas que había devorado a tantos tebanos. Vencedor, Edipo obtuvo a la vez el cetro de Creón y el lecho de Yocasta, su propia madre, y tuvo con ella cuatro hijos, dos varones, Eteocles y Polinices, y dos mujeres, Ismene y Antígona, con lo que las dos partes del oráculo si vieron así confirmadas.
El incesto no tardó en atraer la cólera de los dioses, los que lanzaron una espantosa epidemia que diezmó al país. Las crías de los animales y los hijos de los humanos se deshacían en el seno de sus madres antes de germinar. Consultado en la emergencia el oráculo, señaló como causa del azote la muerte violenta de Laio, y como único remedio el descubrimiento y la expulsión del culpable. Edipo profiere entonces las más atroces imprecaciones contra el desconocido criminal, mas no tarda en saber toda la horrible verdad. El adivino Tiresias, a quien acosa a preguntas, le revela el doble secreto: el homicida es el mismo Edipo; él también se ha casado con su madre: parricida e incestuoso, su raza será maldita.
Enloquecida Yocasta se ahorcó, colgándose de una viga de su palacio. Edipo se arrancó los ojos; sus hijos lo expulsaron de Tebas y luego se disputaron el trono espada en mano.
Edipo abandona Tebas maldiciendo a sus hijos y solo cuenta en su peregrinaje con la ternura filial de Antígona, que le sirve de compañía y guía. Llegan así cerca de una aldea de Atica, llamada Colona, donde había un bosque consagrado a las Euménides. Teseo, que gobernaba a la sazón entre los atenienses, acoge favorablemente a los viajeros y, a poco, se oye un espantoso trueno que Edipo lo considera como augurio de su próxima muerte y marcha sin guía al lugar donde debe expirar.
Al llegar se sienta en una piedra, se desciñe sus vestiduras de luto, y después de haberse purificado, se pone el lienzo con que acostumbraban a cubrir a los muertos; hace alejar a su hija, y llamando aparte a Teseo la recomienda a su .favor. La tierra tiembla en ese momento y se entreabre con suavidad para recibir a Edipo sin causarle violencia ni dolor, y Teseo, que está presente, es el único en saber el secreto de su muerte y el lugar de su sepultura.












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